miércoles, 26 de marzo de 2008

Sobre una conversación ajena.

Leer mientras se escucha:


En ningún momento me pareció grato incriminarlos señalándolos, no creo que sea ético. Y todos hablaban con una voz lejana, con una sensación tan soberbia “Aparecían de la nada, con sus caras cubiertas”. Entonces empecé a imaginar que desaparecía por la ruta a toda velocidad, borrando las líneas, viendo las aves huir desesperadas del zumbido del motor. Frenar en el primer pueblo y preguntar complacido por algún hotel barato, prender la TV y descubrir que la transmisión es espantosa. Mientras me duermo pensar en algunas cosas poco concretas, evitando llamar tu rostro y hacer una mueca torpe de desesperación*. Y cuando los parpados caigan atropellados, intentar a toda costa mantenerme despierto, peleando con la almohada, con los recuerdos, con tu rostro que aparece inevitable (tengo frágil el carácter, te habrás dado cuenta). Y un sueño hermoso que se muestra veloz…

Miraba el mango de madera de un cuchillo mientras cortaba la tarta de espárragos que alguien de los presentes había preparado, se podía escuchar los acordes simples de las canciones que en ese momento nos llenaban.
- Caminaba tranquila, iba a comprar algo para tomar. Tenía doce pesos en la cartera y otros veinte en el bolsillo - Me pareció que nada evitaba los comentarios y anécdotas que proliferaban en una mesa en la cual no encajaba, bajo ningún criterio.

Cuando la voz de la señorita atraviese la puerta levantarme y sentarme lento al borde de la cama, jugar con mis pies chocando las medias blancas, crujir los huesos de la nuca y sacarme las lagañas. Sentarme en una mesa del bar del hotel y tomar café sin azúcar y tres medialunas de manteca. No preocuparme mucho por la televisión (en Tucumán o en Córdoba no debe haber buenos programas). Mientras camino hacia el auto jugar con las llaves girándolas en mi dedo índice consecutivamente, la otra mano metida a medias en el bolsillo y el paso recordando la canción que se imponía el día que decidí huir. «Antes de empezar a decir diré...» Cantar entre dientes, algunos acordes imaginarios se escaparán (no creo poder evitarlo). Ya sentado en el auto intentar recordar el sueño que se mostró hermoso…

- Me paro en el quiosco, el de la vuelta de mi casa ¿Viste? Pido dos buscapinas y una coca chiquita y pago con los veinte ¿Viste? Y el pibe me responde «Disculpame; pero no tengo cambio» - Está bien, no estaba tampoco dispuesto a soportar tanto y es intolerante de mi parte; pero me parecía que estaba en falta con alguien de la mesa, que debía cumplir con la misión que se me había asignado (¿O fui yo mismo quien se la asignó?), solamente tenía que lograr participar por unos segundos de la conversación, algún comentario aislado, alguna anécdota, una simple enseñanza.

Entonces ahí estaba caminando por las calles de alguna pequeña ciudad, quizás La Rioja, mirando todo alrededor, sorprendido por los pequeños detalles. No podía ver el rostro de nadie, y todos caminaban con un paso veloz, pequeños pasos veloces. Los detalles del cielo, los colores que viajaban del gris al violeta, y las nubes blancas y grises. Si, va a ser un hermoso sueño que recordar sentado en el asiento del auto, segundos antes de pensar en volver.

-Un día soñé que caminaba por La Ciudad de La Rioja, el cielo era algo así como gris y violeta. Entonces en el momento que cruzaba la calle mirando el contraste del cielo y un edificio la ciudad se derrumba y mata a todos los demás – se que esa historia era mentira; pero con esa pequeña demostración de solidaridad con la conversación pude descansar en el sillón, ya sin importancia a las miradas.

(*Nota del traductor:
La mueca se va cuando se despierta
y está al lado suyo)

viernes, 21 de marzo de 2008

Dios


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"Dios dio la razón a Satanás y reconoció que el diablo o había engañado a Adán y a Eva prometiéndoles la ciencia y la libertad, como recompensa del acto de desobediencia que les había inducido a cometer; porque tan pronto como hubieron comido del fruto prohibido, Dios se dijo a sí mismo (véase la Biblia): «He aquí que el hombre se ha convertido en uno de nosotros, sabe del bien y del mal; impidámosle, pues, comer del fruto de la vida eterna, a fin de que no se haga inmortal como nosotros»."

jueves, 20 de marzo de 2008

Existencialismo

Hay cosas que, mejor, si no las miro.


"Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave."

lunes, 17 de marzo de 2008

Exagera

Leer mientras se escucha:



Las palabras se vuelven
Se calientan
Sin poesía ni sentido
Enfermas
Congeladas

Las palabras se pierden
Dichas así
Todo el tiempo
Repetidas
Silenciadas

La pistola
Que se mete por la garganta
No la escupe
Y se ahoga
En la puerta del armario
La cabeza azul

Muerta aguarda
No es hombre
Ni mujer
El arma crece
En la panza
Con las balas
Disparadas

No hizo carta
Para madre
Ni padre
Elige ser mujer
Hasta el cadáver tiene miedo
De la muerte
Y ser madre.

Las palabras acusadas
El armario
El arma creciendo
La cabeza azul
Ser madre
Y mujer
Y esclava.

lunes, 10 de marzo de 2008

Permiso

Leer mientras se escucha:




Siempre se puede hablar con alguien. Quizás por eso el mundo es un lugar tan maravilloso: millones de opiniones podemos apilar durante toda nuestra vida. Miles de comentarios, conversaciones y silencios hacen bastante ameno pasar por acá. No creo que en la soledad se pueda alimentar mucho, por más amplia y compleja sea nuestra bibliografía, siempre es necesaria la practica, el llevar a cabo cada una de las explicaciones. Es difícil, reconozco, poder asumir que alguien ha escrito algo, aceptar ese algo solo porque alguien lo dice. Pero si, los libros tienen autores y esos autores existieron y tuvieron a sus esposas acostadas a su lado a la mañana, dejaron olvidados sus relojes en el armario o caminaron con un amigo a la casa de. En conclusión: Si hay autor, no existe soledad y sin soledad el mundo es maravilloso. Sinceramente no se puede tener algo mejor, el conocimiento es hermoso.

Jueves, quizás viernes. Mañana casi tarde, el sol pica dentro de la remera y en la cara, un paso rítmico y oligofrénico, gestos y miradas de desprecio.

Suelen ser así los días, no me puedo quejar, ni llenarme la boca despreciando la rutina, no existe una sensación especial con eso. Ese pequeño lapso yermo de compañía tiende a ser necesario, siempre es mejor una reflexión o un plan en estos momentos, por más de que sean solo cuarenta minutos al día, todo parece franco y completo cuando se piensa.

El ómnibus que corresponde unos instantes tarde, el brazo extendido, tarjeta magnética, “Villanueva”, “Vamos”.

En esos momentos el silencio obligado, ya no podemos hablar con nadie (o con alguien) por más que quisiéramos. Los pensamientos se escapan por un hilo errático y absurdo hacia otros pensamientos que se pierden rápido en alguna conclusión prematura y poco concreta. Aparecen poemas cortos en nuestra mente (y me sentiría un poco vago sabiendo que solo me sucede a mí, sabiendo que ya nadie los puede oír), no lo vamos a escribir ni interpretar. Solo unas cuantas palabras estéticamente acomodadas, versos cortos y sin musicalidad. Nunca son geniales, y los que logran este adjetivo seguramente fueron olvidados y borrados para siempre.

Guardar la tarjeta en el plástico rojo con una sola mano, caños amarillos esquivando los botones, el sonido del viento silbando en las ranuras de las ventanas casi cerradas, “Permiso”, encontrar la posición correcta acomodando la cabeza en los brazos, “Una pasito para atrás”, la parada donde suben todos, “Permiso”, roce constante, avanzar, retroceder.

Terrible es la imagen que surge: Todos los poemas imaginados, en cualquier lugar, a cualquier hora son enviados desde nuestras mentes a una maquina de escribir automática. La maquina recibe la señal del poeta espontáneo e imprime sin cesar uno y otro, todo el tiempo (encantador puede ser el sonido de los sellos golpeando con esa furia personal el papel y el fin del verso con el rumor luminoso de un nuevo párrafo). Cuando el aparato procesa por completo el texto, corta la hoja que cae directamente en el buzón de uno de nuestros amigos o en la puerta de la casa de los abuelos – El Tío Alberto rezongando a cada segundo por el papelerío acumulado en el zaguán es una escena bastante humorística, si se toma para bien - Así, al cabo de unas semanas, la ciudad se ofrecería empapelada de pequeños poemas de amor: “Si pudiera explicarlo hoy//Jamás es tan claro//Ya no lo voy a soportar”.

El sonido aterrador del fin del recorrido (es doloroso pensar que para cada uno ese fin es distinto; para unos más lejos, para otros más cerca), curva, aferrarse seguro en el respaldo de un asiento, los negocios fluyen por las ventanas.
“Chau amiga. El mundo está enfermo; pero podés usar el amor si querés”


(nota del traductor: Directo al infierno,
demasiado limpio para ser punk)

jueves, 6 de marzo de 2008

Nadie es parte de uno



"Son la misma materia orgánica en descomposición que todo, Somos la materia fecal obediente del mundo, Todos somos parte del mismo montón de estiércol”


lunes, 3 de marzo de 2008

Sobre Crecer

Leer mientras se escucha:




Las cosas que nos pertenecen no son más que una efímera sensación enferma de satisfacción. Y si, para mí es una inevitable verdad. Tener algo, ya sea un reloj de pulsera o un condominio en Lima, nos aferra a esta existencia. Nadie se pone contento al perder su cartera o billetera en el colectivo y por ese mismo motivo al dejar la tierra no nos pondríamos contentos abandonando todas nuestras pertenencias. Aunque también hay cosas completamente sentimentales que el hombre no quiere dejar en la tierra, sin ir más lejos pensamos en el picaporte oxidado de la puerta de nuestro cuarto. No, no muchos queremos dejar esos objetos tan preciados en esta tierra material ¿Quién se ocupará de limpiar el bargueño del abuelo? ¿Quién regará las plantas decorativas del comedor diario? ¿Quién alimentara a los gatos hambrientos del barrio? Y como estos infinidad de ejemplos.

Una angustia vomitiva es la que tenía esa tarde, a pesar de ser una de las tardes más comunes que me tocaba vivir en años. Me atrevo a decir que fue la tarde más común en años (y comprendo plenamente que al ser la más común fue, automáticamente, la más extraña). El sol bordeaba el pueblo con la intención de hacer entender que el invierno había llegado ese mismo día, esa misma mañana. El viento me humedecía la nariz que me limpiaba con la manga de un viejo saco gris que guardaba como un reliquia amarga.
El lugar designado se mostró apagado y sucio, tanto que dudé si quedarme o seguir mi camino habitual, sin vos. Pero, claro está, me senté en un rincón, como alguien que quiere escapar, como alguien que está completamente incomodo. Fijé la mirada en es suelo rojo, los dibujos de los azulejos casi me hipnotizan, me mantuve mirando un tiempo que ahora no puedo recordar claramente. Empecé a deshilachar pensamientos absurdos e inconsistentes, vacíos.
Pude verte cuando ya estabas a unos pasos de mí, cuando levante la cabeza por una casualidad absurda. Examiné todo tu cuerpo con atención suprema, implacable. Empecé por tus sucias zapatillas rojas y sus cordones casi desatados y los pequeños hilos de algún pantalón de Jean. Ya podía ver tu cintura grotesca y tu cinturón rosa y negro, hasta los bolsillos delanteros de un buzo rojo que se arrugaba justo donde las tiras de la mochila increíblemente pesada reposaban. Casi pude ver una remera negra bajo el buzo y tu cuello completamente blanco. De tu rostro tengo once millones de detalles, cada sombra que tus pómulos generan, tus cejas hermosas y tu boca rosa casi transparente.


Muchas veces renegamos la constante perdida de pertenecías mundanas: una caja de fósforos, un pedazo de papel para limpiarnos la nariz, los lápices que nos robaron, el filo de una tijera, las bolsas para tirar la basura, las luces del árbol de navidad, un elástico para atarnos el pelo, el boleto capicúa del colectivo, la punta dura de los cordones, las monedas del vuelto, el foco de la cocina, los ceniceros, las maderas de la cama, los tornillos de los aparatos, el blanco del mantel, un vaso, los recuerdos de Bariloche, los autoadhesivos de los chicles, las hojas de una vieja carpeta, un señalador, el seis de basto, las perillas del horno, las cajas de los discos, el cepillo de dientes, la revista del supermercado, la colección de caracoles y de monedas, las fichas del poker, las medallas de graduación, la manija de la cómoda, los pañuelos, las almohadas, el ruedo del pantalón, el shampoo, el dedal, las pilas del control, el par de la media, los colores del televisor, las botellas de cerveza, la cuenta del almacén, el hipo, el aire, el rosario, la remera preferida, un número anotado en un papel, la foto de la madre, el frasco para la salsa, la bombilla, el mate, las patas de la silla, la maceta, el vidrio de la puerta, el balde de regar, los huevos y una cantidad de cosas que no puedo recordar.
Y nadie reniega de muchas cosas realmente necesarias, completamente necesarias.

Volví la mirada al suelo, me apagué. Me tocaste el hombro amablemente y me dijiste “vamos”. Me levanté rápido y caminamos de la mano hasta la esquina. Te saludé amablemente y me tocaste la meguilla con amor, con tu mano fría “Necesitas unos guantes negros o una bufanda”. No recuerdo haber hablado.
Cruzaste sin mirar a tu alrededor, creo que los autos no te hubieran hecho nada, y sin mirar atrás. Yo me quedé mirando desde la esquina con una horrible nausea. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir ya no estabas. Creí oler la estela de tu perfume, aunque nunca me atreví a preguntarte si alguna vez usas.
Me di vuelta y caminé hacia el rincón, sentí unas inigualables pocas ganas de vivir, una angustia tan exagerada que no pude evitar llorar un poco. Me senté en el mismo lugar, que parecía más iluminado, contando con la mente los segundos que pasaron desde que te dejé de ver.

Cuarenta,
Cuarenta y uno,
Cuarenta y dos,
Cuarenta y tres,
Cuarenta y cuarto,
Cuarenta y cinco,
Vomité tan fuerte que creí que el hígado o el pulmón iban a salir por mi boca. El vomito y se mezclaba con la sangre que salía de mi nariz. Y el vomito se volvió sangre. Manché el saco y el suelo, y a una mujer que pasaba.


Cuando perdemos cosas importantes casi nunca nos interesamos y, más común aun, nos parece alegre. Y nada nos preocupa tanto como el cheque asqueroso a fin de mes o la nueva televisión que nos habla, nos da consejos y nos cuenta chistes. Y las verdaderas cosas, las cosas completamente hermosas, se pierden a cada instante. Sin ir más lejos ahora está perdiendo un montón de letras. Y mejor no hablo de las conversaciones en la mesa al almorzar o el silencio de los amigos, o la forma en que se diluye un acorde en el viento, una poesía en las páginas de un libro viejo. La mañanas de agosto, diciembre.

El tiempo es lo único que nos pertenece completamente. Y es tan cruel: lo estamos regalando.