martes, 10 de junio de 2008

Los viejos trompetistas están atrapados (Parte I)

Leer mientras se escucha:




Porque le encantaban las historias de café. De los melodramas infinitos entre sobres de azúcar bien asesinados. De las noches de remate. Tristes. De una mentira circular, inaceptable. De la comunión con cada pequeña agonía, esperando al mozo. “Café chico” y una lágrima. El mozo sabe de la lágrima. Sabe del melodrama. Y sabe de su forma atroz de escapar. Ahí está, corriendo detrás de un zumbido amargarte. Detrás del motor de un micro de larga distancia. Un tren, para poder ser poéticamente correcto. Una valija con las cosas que supieron hacerlo, que son como estacas en la palma de la mano. Tiene ahí un poco de calma. Otra en el café chico. Pero las sillas tienen que ocuparse.

- Has estado comportándote extraño – y otra vez el odio inmenso de no escucharla hablar como corresponde “Estás raro”. Así es mucho más fácil, más cómodo, más entendible. Ella misma lo sabe; pero eso le da altura a la conversación, sabe que todo el mundo puede darse cuenta que avecina un reproche, uno encubierto en una conversación profunda, certera. El término “Comportándote” esconde mucho de eso. Igualmente no puede entender porque lo hace.

- ¿Lo haces sin querer? ¿No te das cuenta? – Obviamente esas preguntas merecen una explicación; sino el dialogo se vuelve absurdo, inconexo. Se puede sorprender; pero automáticamente va a volver a ser soberbia, altanera y va a decir: “No te entiendo”.

-No comprendo lo que querés decir- “Entendés perfectamente” quiere gritar. Para no justificar la escena, no lo hace.

-No estoy extraño. Los viajes me ponen a pensar, eso es todo.

Y le encantan las anécdotas de avión, las turbulencias, las hermosas azafatas, el compañero de viaje. Las películas. Y todo eso me chupa un huevo. “Contame de Londres, del Santiago Bernabeu”. Nunca puedo saber si me extraña, si considera volver más temprano para sorprenderme. Si considera volver. Mendoza lo vuelve tan gris.

- Mañana parto otra vez- Algo de eso quería ocultar con un injustificado enojo. Y se pone rojo. Casi con vergüenza de poder gastar su efectivo, su riqueza. Pero preferiría vivir en Honduras, tomando cocos al costado de la playa. Aunque hay que conformarse con pasear un chaleco por la calle San Martín, por todos los inviernos.

- Genial ¿A dónde es esta vez?- Sabe que odia que tenga que salir, acompañarlo hasta el aeropuerto y saludar estúpidamente, con el brazo pegado al cuerpo. Sabe que odia preparar sus pañuelos, para llorar cuando lo extrañe. El odia hacerla extrañar. Pero ahí está, escapándose siempre. Detrás de un zumbido amargarte. Detrás del motor de un micro de larga distancia. Un tren, para poder ser poéticamente correcto. Una valija con las cosas que supieron hacerlo, que son como estacas en la palma de la mano.

- Voy a Suiza; pero voy a visitar a Sergio, a Madrid, ya que estoy- Ahora va a pedir chocolates, y hacer algún chiste. Y la conversación se va a diluir, va a desaparecer. Eso lo tranquiliza. Y mientras escucha en su mente la frase de un trompeta, imagina su próximo vuelo.

- Genial, chocolates.


Nota del traductor: la idea de este relato fui vilmente robada de diálogo entre (des)conocidos (misdiassinmi.blogspot.com)

sábado, 7 de junio de 2008

Sobre una escalera

Leer mientras se escucha:



En una ciudad hay un puerto, cabe rescatar que el puerto es lindo. Es una sensación inexplicable ver ese mar desde el puerto. Ver el mar es una sensación inexplicable; pero este tiene su propia actitud. Una grande convengamos. Pero el puerto no es tan importante, hay más aún. Después de las primeras sorpresas matutinas, existen varios cuadros hermosos: calles horizontales que se inclinan y se pierden en otras calles que cruzan verticales, esas llevan a algún lugar en donde no queremos estar. Si la subida es mucha mejor viajar por escalera (también hay un ascensor, muchos en realidad; pero solo nos gusta uno que está pintado de rojo y blanco; se puede subir y desde allá arriba se va la ciudad y el quirófano ese donde escuchan Mozart durante las operaciones y sale todo bien. Se puede bajar por el mismo ascensor, y llegar al lugar de donde salimos la primera vez, cerca del puerto). Las escaleras son quizás lo más peculiar de esta ciudad: Hay una por cada lugar al que queramos ir, ahí siempre va a haber un graffiti extravagante (mejor mantener alejados a los fotógrafos inexpertos; porque se llena el rollo de arte callejero y no queda espacio para las escaleras). Se cree que en realidad los dibujos de las paredes sirven para hipnotizar a los turistas, con esto logran que los viajeros sientan que todo es imposible, lo imposible es bello. Conclusión: Van a volver solo para ver el Mercado central o comprar comida en la calle.
Es importante mantenerse lejos de los prejuicios ahí; porque cuando salís de la otra ciudad todos están paranoicos y quieren que te quedes. No te quedes, no pasa nada. La gente se asusta por los personajes extravagantes: Un señor fanático de revisar las carteras de las señoritas desprotegidas, una vieja que saluda mostrando la planta de los pies (esos cayos, pobre señora), los bailarines esos que se visten de negro y se paran los pelos para llamar la atención, el dueño de la plaza y los marineros esquizofrénicos. Quizás el hijo de los aliens; pero este es menos simpático, porque tiene un rayo que si lo dispara… nos mata a todos en cualquier momento.
También hay personas serias, si señores: Un tipo que tiene dos monos con chaleco, la señorita esbelta que corta los tickets de los ascensores y el conductor del tren. Pero la persona más seria de la ciudad es ese que te escolta hasta las rejas de unas escaleras muy extrañas. Tenés que generarle confianza para que te lleve ahí, en realidad nadie sabe a quién elije y por qué. Nadie sabe, tampoco, que es lo que hay después de esas escaleras. Este señor, si bien es muy serio, tiene un aspecto bastante sombrío y escalofriante: Sombrero de copa negro pegado a una cabeza redonda. Algunos aspectos faciales extraños como la gran distancia entre sus ojos y sus cejas, y una papada muy pronunciada. El resto de la vestimenta parece haber sido sacada directamente de una novela de Georges Simenon; pero sin Manhattan.
Existen muchos mitos sobre esas escaleras, algunas historias esotéricas y absurdas, y otras que no vale la pena adjetivar. Solo una versión es la que realmente me convence, por la serenidad de las palabras y lo concreto del relato (esto no quiere decir que uno pueda entenderlo sin la ayuda de unas tazas de té): El hombre te selecciona, te guía hasta las rejas de una escalera perdida entre subidas y bajadas, y te deja solo. No es una escalera muy extravagante ni extraña, solo una reja abierta y los peldaños que se pierden en lo alto, en la oscuridad. Mientras subís no se pueden evitar los dibujos de gatos rosa en las paredes, que crecen gigantes como rascacielos. Paralelas.
Contar catorce escalones (el original dice catorce, pero sobran motivos para creer inferir que, en boca de asterión, el número catorce vale por infinitos) un descanso y otros nueve peldaños que llevan a la segunda reja. El hecho de que existan dos rejas una al comienzo y otra al fin (están donde uno decida colocarlas ej.: Comienzo-Fin, Fin-Comienzo) nos da el indicio de que uno puede quedar encerrado, si son cerradas al mismo tiempo, mientras nosotros transitamos por ahí. Dos posibilidades de que esto suceda he acuñado: No somos bienvenidos o el tipo de abajo nos jugó una broma. No creo que ninguna de estas dos posibilidades sea cierta; porque no hay cadáveres en el medio del trayecto. Pero las escaleras no son tan importantes como lo que se encuentra al final: Solo unos segundos de investigación visual y la bienvenida de una esfinge moderna nos interrumpe.

- ¿Qué ser es el que anda de mañana a cuatro pies, a mediodía con dos y por la noche con tres?
- Yo leí el Edipo Rey de Sófocles allá abajo: Ese que tú dices, soy yo. Eso significa que puedo pasar y vos te vas a…
- Bueno, - interrumpe la esfinge- podemos evitar las exageraciones de Sófocles. Yo no me quito la vida y vos entrás sin problema ¿Ah?
- Me parece lógico.

Continuemos: Con la autorización intelectual que nos otorga la esfinge estamos invitados a recorrer la calle que oscila como una onda de radio. Todo parece de un barrio normal; pero, contrario a esta creencia, todo es especial. Como quien dice, es genial. Cada puerta externa de cada casa lleva a la puerta de alguna habitación de otra casa. Los ciudadanos ya son expertos en esto y saben que puerta hay que tomar para llegar a la lavandería (igual nadie usa esta sala; porque todos tienen ropa nueva, siempre) o a la pedicura que se dedica a limpiarle el cutis a las señoras, esas que son fanáticas del té y del poker (pero nunca los dos juntos). Los ciudadanos son tan expertos y conocen tan bien el barrio que te invitan a un tour: “¡oh! Usted es nuevo. Venga, yo le muestro el barrio” Va a decir el primer señor que nos crucemos. Probablemente sea el intendente del barrio. Si, tienen un intendente es ese barrio. En realidad todos son intendentes por un rato: cuando tienen que mostrarle el barrio a los nuevos. Ósea: el tour no los va a dar el intendente o, si tenemos mala suerte, el hombre de la seguridad; esperamos que esto no pase porque las consecuencias no van a ser positivas. La buena noticia es: el de la seguridad hoy duerme.
Este Tour (en realidad la palabra exacta es paseo) comienza por la plaza: una edificación circular con paredes de espejos, calles y encrucijadas extrañas “Siempre cuesta encontrar la salida. Mejor no entre hoy”. Rodeamos la plaza y nos encontramos con los edificios más importantes: el teatro y el salón de reuniones; pero no importa que estén ahí porque las verdaderas entradas están en otras puertas. Hay una sola puerta que no es falsa: La entrada de la sala de maquinas… de escribir por supuesto. Un salón largo con tapiz de papel hasta el techo, regado de maquinas de escribir y su respectivo escritor. “De acá salen todos los buenos libros” Nos comenta el intendente. Nos acercamos a la primera maquina (la primera de atrás para adelante) «Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial…»

-Intendente: Este libro ya lo escribieron. Es de Galeano.
-Si, esta es la quinta edición. Igual esa máquina se está por jubilar.

El tour dura una semana (no es mucho para todo lo que hay que ver), no puedo recordar todos los detalles; pero puedo numerar los que realmente me sorprendieron: Cerca de la casa de Patricia hay un obelisco que nunca empieza y termina justo antes del lugar donde duerme el de la seguridad. Los calendarios tienen los días cambiados para que nadie sepa la altura de la semana, al igual que los números de los relojes. De todas formas los miércoles a las cuatro hay una fiesta en la casa de Lucas: Los hombres llevan una botella de vino y las mujeres una de Vodka, la comida la lleva el intendente. Todos bailan y comen y charlan hasta las nueve; pero como nadie sabe la hora exacta bailan hasta que salga el sol o se acabe el vino. O si viene el de la seguridad; pero hoy duerme. El Vodka que sobra de la noche del miércoles lo usan para quemar las flores que nacen alrededor de la plaza: cuando arden liberan un humo muy peculiar, con formas divertidas. Aunque lo bueno de quemar las flores es el olor que dejan; está todo el día en el aire, es un olor parecido al de los Jazmines, más rico quizás. Por ese mismo motivo todos odian los viernes de “Sin-olor”; pero para remediarlo se dictaminó que todos los flautistas tienen que entonar una melodía pegadiza desde sus ventanas ese día. Los flautistas discuten durante la fiesta del miércoles (que puede ser cualquier día, por este tema de los calendarios) y el viernes ya están listos para ejecutarla. El sábado es hermoso porque todos tararean la misma canción.
Pero de todas las cosas, la más linda es la comida: Una campanada desde la sala de reuniones avisa que es hora de almorzar. Todos abandonan sus ocupaciones y dando grandes saltos de alegría caminan por la calle principal hasta la puerta de la sala de reuniones. Los únicos que no abandonan sus respectivas ocupaciones son los cocineros (que descansan el tiempo en el que no están cocinando para el almuerzo). Una gran mesa larga y pequeñas sillas de totora todo alrededor. Todos piden su plato preferido y en cinco minutos los cocineros ya lo tienen listo (porque lo hacen con amor, no como abajo ¡Siempre hay que temer de los excrementos en nuestro sándwich!). La sobremesa dura unos cuarenta minutos, los niños juegan y charlan en las hamacas, los adultos discuten de política y los ancianos juegan ajedrez (nadie puede ganarle a la esfinge, excepto el de la seguridad) y duermen en los sillones de colores chillones, adolescentes hacen una música muy extraña con sus instrumentos y el resto de los jóvenes miran atentos (los que no están discutiendo de política o en las hamacas). Siempre alguien se besa o se abraza en la fuente del patio, cerca de las hamacas.
Después de tantas sorpresas uno termina amando este lugar, camino a las escaleras piensa: “Tengo que volver el mes entrante”; pero al llegar ya no hay escalera, ni esfinge, ni reja.

-Intendente ¿Dónde están las escaleras?
-No hay escaleras hijo.
-Pero… ¡Estamos atrapados acá!
-Por supuesto ¿Por qué crees que todo es tan hermoso?

Si bien nadie puede corroborar este relato, yo estoy convencido de su certeza; pero solo arriba lo pueden leer.

Mensaje subliminal: El autor ama a Tatiana Scoones; no le digan a nadie.