Porque le encantaban las historias de café. De los melodramas infinitos entre sobres de azúcar bien asesinados. De las noches de remate. Tristes. De una mentira circular, inaceptable. De la comunión con cada pequeña agonía, esperando al mozo. “Café chico” y una lágrima. El mozo sabe de la lágrima. Sabe del melodrama. Y sabe de su forma atroz de escapar. Ahí está, corriendo detrás de un zumbido amargarte. Detrás del motor de un micro de larga distancia. Un tren, para poder ser poéticamente correcto. Una valija con las cosas que supieron hacerlo, que son como estacas en la palma de la mano. Tiene ahí un poco de calma. Otra en el café chico. Pero las sillas tienen que ocuparse.
- Has estado comportándote extraño – y otra vez el odio inmenso de no escucharla hablar como corresponde “Estás raro”. Así es mucho más fácil, más cómodo, más entendible. Ella misma lo sabe; pero eso le da altura a la conversación, sabe que todo el mundo puede darse cuenta que avecina un reproche, uno encubierto en una conversación profunda, certera. El término “Comportándote” esconde mucho de eso. Igualmente no puede entender porque lo hace.
- ¿Lo haces sin querer? ¿No te das cuenta? – Obviamente esas preguntas merecen una explicación; sino el dialogo se vuelve absurdo, inconexo. Se puede sorprender; pero automáticamente va a volver a ser soberbia, altanera y va a decir: “No te entiendo”.
-No comprendo lo que querés decir- “Entendés perfectamente” quiere gritar. Para no justificar la escena, no lo hace.
-No estoy extraño. Los viajes me ponen a pensar, eso es todo.
Y le encantan las anécdotas de avión, las turbulencias, las hermosas azafatas, el compañero de viaje. Las películas. Y todo eso me chupa un huevo. “Contame de Londres, del Santiago Bernabeu”. Nunca puedo saber si me extraña, si considera volver más temprano para sorprenderme. Si considera volver. Mendoza lo vuelve tan gris.
- Mañana parto otra vez- Algo de eso quería ocultar con un injustificado enojo. Y se pone rojo. Casi con vergüenza de poder gastar su efectivo, su riqueza. Pero preferiría vivir en Honduras, tomando cocos al costado de la playa. Aunque hay que conformarse con pasear un chaleco por la calle San Martín, por todos los inviernos.
- Genial ¿A dónde es esta vez?- Sabe que odia que tenga que salir, acompañarlo hasta el aeropuerto y saludar estúpidamente, con el brazo pegado al cuerpo. Sabe que odia preparar sus pañuelos, para llorar cuando lo extrañe. El odia hacerla extrañar. Pero ahí está, escapándose siempre. Detrás de un zumbido amargarte. Detrás del motor de un micro de larga distancia. Un tren, para poder ser poéticamente correcto. Una valija con las cosas que supieron hacerlo, que son como estacas en la palma de la mano.
- Voy a Suiza; pero voy a visitar a Sergio, a Madrid, ya que estoy- Ahora va a pedir chocolates, y hacer algún chiste. Y la conversación se va a diluir, va a desaparecer. Eso lo tranquiliza. Y mientras escucha en su mente la frase de un trompeta, imagina su próximo vuelo.
- Genial, chocolates.
Nota del traductor: la idea de este relato fui vilmente robada de diálogo entre (des)conocidos (misdiassinmi.blogspot.com)