Que yo vuelva a ser fantasma, Que yo vuelva a ser un trío de innegable distinción Vuelva a ser la agonía aspirada grano a grano Vuelva a remontar las maldiciones.
Hoy visitó un barrio hermoso. Yo nunca lo había visto. Está a dos cuadras, subiendo por San Lorenzo. Hay algo de Valparaíso, de placita de bancos espaciosos, seguramente nos podemos amar ahí. No se, no lo analizo. ¿Viste cómo se termina todo acá? Ya vienen las luces del mediodía, quemándote por todos lados, las podés sentir. “Apurate y se precavido; porque el mundo se acaba rapidito, pibe” Bueno, acepto, los sueños no valen nada. Pero amo lo irrisorio del paisaje, lo bruto de la disposición, lo ingenuo de “La vida no vale nada”
Últimamente no está durmiendo bien. No puede. Algo se lo impide. Ahora se retuerce y mira hacia la pared. Uno de sus trucos: Mirar la pared, abrazar la almohada, 45º de inclinación, baca abajo. Sin eso no puede pegar un ojo. No son infalibles, evidentemente.
Puede volar, o correr con los brazos. Son cosas tan desesperantes, tan inútiles. Porque, en realidad, no hay lugar donde correr. Todo cambia en un segundo-Hay una iluminación que no entiendo, un lugar nuevo, puedo reconocer a las personas y no ver sus caras. Ahora se ríen, debajo de una mesa, unos niños. La joven comenta, después de una pitada muy larga: “Esa es la risa más…” Se le escapa de a poco el humo, por cada palabra “hermosa que he escuchado”. Y yo lo entiendo; pero ya no hay mesa, ya no hay chica, ni risa. Ahora es todo simplemente gris. Hay mucho peso en la palabra, la puedo ver así: Gris.
Algún gato golpeó la estufa, y corrió. Solo abre un ojo, mira, en la oscuridad, una sombra que se aleja. No va a poder volver a dormir, y su sueño era tan hermoso, tan simple.